El doctor o su secretaria lo crean, deciden con switches qué pasa al escanear —encienden y reordenan reglas y acciones, sin formularios— y lo imprimen con marca Amedi para pegarlo una vez. Un solo papel; el comportamiento cambia cuando quieras.
Una sola decisión. Pantalla vacía, una acción. El QR fantasma insinúa lo que viene sin gritar. Crear ≠ imprimir: nace con los defaults de Amedi listos, y configurarlo es el siguiente paso, sin obligar a nada.
El corazón: editar es ver. A la izquierda se decide sin formularios — las reglas son una escalera (gana la primera que aplica, se arrastran para priorizar) y las acciones se encienden y ordenan. A la derecha, el objeto QR con su enlace fijo y escaneos, y el preview del paciente que se actualiza en vivo con cada switch. Cada acción en sí —cómo se ve la cola, el pago— se diseña después, una a una.
El objeto que cruza al mundo físico. Nada que diseñar: el póster ya es Amedi — marca, nombre del doctor, el QR y tres pasos. El consultorio solo decide dónde vivirá: pared (carta), media hoja (A5) o el mostrador (acrílico). Un PDF, listo para imprimir.
Hecho una vez, para siempre. Impreso y puesto en el mostrador, el objeto deja de pedir atención. Mañana el consultorio reordena las reglas o apaga el pago con un switch — y este acrílico, esta esquina del mundo físico, sigue idéntico. Esa permanencia es el punto.
Esta sesión asienta cómo el doctor y la secretaria, con el mismo poder, crean su código, deciden qué hace al escanear —reglas y acciones que se encienden y reordenan, con preview en vivo— y lo imprimen en marca Amedi para pegarlo una vez.
Lo que viene después, una funcionalidad a la vez: el diseño de cada acción en sí —cómo se ve y se comporta entrar en la cola, pagar, el turno en vivo— para el paciente. El panel ya las prende y ordena como piezas; falta darles cuerpo.